Sus ojos

Nunca acabaré de acostumbrarme a sus ojos.

Da igual que lleve tres años escudriñándolos sin descanso, tratando de desentrañar todo lo que ocultan y, sobre todo, sorprendiéndome a cada momento por la inmensidad de lo que cuentan.

No importa que durante los primeros meses solo mostraran miedo, y que ese naranja brillante se clavara en mi alma generando un sinfín de dudas sobre si lo hecho era lo correcto, si estábamos preparados, si sabríamos hacerlo, y si alguna vez, seríamos capaces de conseguir que contaran una historia que no hiciera saltar las lágrimas.

Sus ojos siempre han sido poderosos, siempre han gritado por encima del ruido que hacían las cicatrices, el rabo entre las piernas y las costillas que se marcaban de más por culpa de los siete kilos que traía en la mochila de menos.

Fueron sus ojos los primeros que avisaron el día que se lanzó a correr, y el momento justo en el que se acercó a su primer amigo moviendo una cola que ya no caminaba lánguida entre sus patas, y fueron ellos, los que se encendieron como bengalas el día que comprendieron que esas cuatro paredes eran su hogar y que el amor que da una familia no requiere nada a cambio.

Fueron sus ojos los que lucharon por dejar atrás el miedo y se recargaron con la luz de un sol que ciega, pero protege. Un sol que acuna los días de invierno cuando se alza por encima de los tejados y le arropa en su cama, regalándole aquello que la vida le debe y provocando suspiros que nacen de lo más profundo de su pecho. Gracias por tres años de miradas.

Corazón de galgo 2021

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