
Quiso probar eso que llaman Eco.
Iba avanzando, posando los pies con cuidado, uno a uno,
calculado el espacio tiempo, hasta llegar al borde del acantilado,
ese lugar del que tanto esperaba, porque era del que tanto le habían hablado.
De repente, estando allí, todo le parecía ridículo.
Gritar a la nada como si esa carencia de todo pudiera devolverle lo que ya no esperaba.
Como si ese vacío tuviera el poder de recuperar lo que ya no existía,
aquello que en su mente estaba etiquetado como causa perdida.
La esperanza es lo que tiene,
te aferras a ella a ciegas,
esperando y rogando, aunque nunca lo hubieras hecho.
Espejismo de haz de luz intermitente al final de un agujero demasiado estrecho.
Toma aire y su pecho se hincha.
Antes de hacerlo, lo imagina,
se escucha a sí mismo derramando el alma con el alarido.
Ojos cerrados con fuerza mientras su cuerpo se vacía lentamente, hasta perder el sentido.
Abre los ojos y aparece el miedo.
Viejo compañero de juego que le atraviesa con un puñal envenenado de culpa.
Una culpa que acusa, que duele, que viene acompañada de Ella,
de un nombre que conoce, de un rostro que amaba y unas manos con las que ya solo sueña.
¿Y si no funciona?
¿Y si no se la devuelve y el eco decide que por esta vez no quiere hacer su trabajo?
¿Y si piensa que quién está al borde del acantilado solo merece lo que le queda?
Una condena a soledad perpetua, dolor y lágrimas de pena.
Levanta la cabeza y ante él, la nada.
Un sol que decide ocultarse,
que le deja aislado en un mundo que de repente, arde.
Un mundo que se pliega, se retrae pero a los pies del acantilado se tiñe de sangre y se abre.
Llega el momento.
Dibuja recuerdos con una fina línea que baila al ritmo de un latido,
se perfila una mirada, un delicado cuello y unos labios que lanzan un beso y en los que adivina un te quiero.
No hay vuelta atrás cuando el margen se llena de versos,
coge aire, se abraza a su memoria y antes de que el sol muera… grita su nombre al viento.
Mira a su alrededor, la oscuridad nace y le envuelve el silencio.
Solo le acompaña el frío mientras se aleja.
Solo la tímida luna que entre las nubes se esconde
y unos pasos que al pisar la tierra, ahogan el susurro de un eco que devuelve un nombre.
